Suele existir la cultura o filosofía en muchas empresas por la que se debe mantener al trabajador siempre ocupado, siempre con una carga alta para que aproveche cada minuto de su tiempo y sacar así el máximo provecho de cada euro que se le paga por su sueldo.

Pero para poder lidiar con los problemas inesperados, con las incidencias que nos asaltan sin que estén programadas o con los asuntos que nos pueden hacer perder un cliente de por vida, se debe disponer de algún tiempo libre para reaccionar.

Solo tenemos un determinado número de horas al día, y si vamos con la lengua fuera y la agenda a tope, no vamos a poner dedicar el tiempo que merece una situación de alerta o la estrategia que nos deje ver el cuello de botella. No contamos con ese tiempo ni energía.

Hace algo más de una década, en el periodo en el cerraba mis asuntos en una compañía para empezar en otra unas semanas más tarde, pude resolver algunos de los problemas que más tiempo llevaban atascados. No fue magia. Simplemente, durante ese tiempo dejaron de llegar tareas nuevas, y puede centrarme en entender qué estaba pasando realmente y tomar las acciones que terminaron de darle la puntilla a lo que bloqueaba estos asuntos.

Desbloquéate una tarde, las dos últimas horas del viernes. Cancela las reuniones. Échate para atrás en tu silla sin hacer nada de lo agendado y cruza las manos detrás de la cabeza. En 20 minutos cogerás rápidamente el boligrafo para anotar todo lo que ahora te viene a la cabeza y que te va a ayudar el resto de la semana (o el mes/año).