Hace como 1000 años (año arriba, año abajo) trabajaba en una Creamery de queso Blue Stilton en el centro de Inglaterra, una fábrica que producía y envasaba quesos azules en distintos formatos. Tenía que pagar el alquiler mientras me salía un trabajo como desarrollador de software.
Estaba en mi puesto de operario al final de una de las líneas de producción, y notaba que la máquina iba más rápido que yo. Recogía y etiquetaba cada pieza, pero al poco otra llegaba y se queda al borde de caer al suelo. Incrementaba la velocidad para evitarlo, pero de nuevo otra pieza corría el mismo riesgo. Volvía a recogerla en el último instante, y seguí así todo el tiempo que pude, recogiendo, etiquetando y colocando cada vez más y más rápido. La línea de producción no paraba, no importaba a la velocidad que fuera: ahora docenas de trozos de queso se apilaban esperando que los atendiera.
Cuanto más rápido iba, más trabajo había. Llegó un punto en el que ya no coordinaba mis movimientos. Pedí ayuda para parar la máquina antes de que todo aquello llegara al suelo Con todo el ruido en la fábrica nadie me oyó. Cuando no pude más, levanté las manos para intentar contener el río de envases que fluía por la línea, y en ese momento todo se paró.
No me había dado cuenta de que al final de la línea de trabajo había un sensor que, como en las cajas de los supermercados, paraba el movimiento si el último queso seguía allí sin ser atendido. Si yo recogía un envase, otro se ponía en su lugar inmediatamente después, y otro y luego otro. No importaba lo rápido o lento que fuera.
Esa misma sensación de estar haciendo el «tonto» la tuve mucho después, cuando al llegar al trabajo después del fin de semana, me encuentro docenas de correos en mi carpeta de entrada. Comienzo a responder tan rápido como puedo cada uno de ellos intentando dejar la bandeja límpia de nuevo y poder atender con tranquilidad las reuniones de mediodía.
Sin embargo, horas después, cuando creo haber terminado me encuentro otro montón de correos que han llegado nuevos. Son las respuestas a los correos a los que había estado enviando durante toda la mañana. Unos me pedían clarificación, otros solo me daban las gracias, pero algunos me apremiaban aún más. El atasco en la bandeja de correos lo estaba causando yo.
Podía haber seguido atendiendo la bandeja de correos otro par de horas, pero de nuevo tendría una pila de emails nueva. No es la bandeja de correos, ni el chat, la que debe dirigir tu trabajo. Vas a tener que priorizar lo urgente, pero sobre todo lo importante, y no dejarte llevar por el resto o no completarás nunca nada relevante de verdad. Solo estarás ocupado (muy ocupado!), pero la máquina no va a parar de entregarte nuevos trozos de queso para que les pongas una etiqueta.
